¡Ay, cómo odio amarte!
Te odio, te amo, te amo, te odio: Wuthering Heights, o una adaptación con menos cumbres y más borrasca
Curioso que todo el tiempo pensé que odiaría Wuthering Heights (2026) por su infidelidad al material de origen, cuando a la mera hora ese terminó siendo el menor de mis problemas, inclusive me atrevo a decir que salvo el obligado atajo o recorte al que son sometidas las novelas al momento de adaptarse al cine, el espíritu de gran fracción de Cumbres Borrascosas, en efecto, viene contenido en la versión de Emerald Fennell. El problema es todo lo demás, empezando por el elemento que siempre me termina desbaratando cualquier película: confusión en el tono.
O quizás sea necesario retroceder un poquito e iniciar con el impulsado-por-el-ego desatinado casting de Margot Robbie como Cathy. Sí, yo sé que eres la productora, y en papel hacía sentido inyectarle a una superestrella del cine moderno, quizás de las pocas, junto a Emma Stone y/o Scarlett Johansson, como protagonista de tu ambiciosa adaptación fílmica, pero la neta la señora debió reconocer cuándo era momento de tomar el asiento del pasajero o, en su defecto, no ponerse a Jacob Elordi como interés amoroso; aunque la neta, en ese segundo punto, yo ni siquiera tocaría a Elordi con un palo de tres metros ya que es lo único bueno (tal vez junto a la pícara y bizarrita Alison Oliver como Isabelle Linton, y que en una Tierra-2 equitativa ella bien pudo ser Catherine sin reparos), operando al nivel que el material le exige y no por nada el pibe se ganó una nominación al Oscar por encarnar a otro tipo de monstruo de la literatura clásica. El actor brisbanés sin duda me parece consolida más su lugar en el vacante paisaje de Hollywood necesitado de galanes Gen-Z, incluso sirviendo como un nega-Timothée Chalamet, ofreciendo siempre contundencia silenciosa en lugar de la vivacidad nerviosa que caracteriza al actor de Marty Supreme.
Aún queriendo ver, pues, por encima del casting desbarajustado (y conste que ni siquiera nos metimos al agujero del gusano de las edades erróneas y/o las alteraciones raciales) el tropiezo más enorme de Fennell es el desentone narrativo de un momento a otro, por un lado canalizando el absurdismo anárquico (y estético) que salvo tu nombre sea Yorgos y tu apellido Lanthimos, a muy pocos artesanos les sale, y por el otro, quererse casar demasiado con la intensidad melodramática de la novela sin ningún cimiento emocional para sostenerse. ¿O quieres ser sardónico o sincero? Las dos no se puede.
Aquí es donde quizás sea necesario abrir un corchete, ya que incluso hasta Buñuel batalló con eso cuando tacleó el cuento en Abismos de Pasión (1951), pues los personajes de Cathy y Heathcliff son inherentemente desagradables y tortuosos, no por nada en la jerga de hoy nos gusta señalarlos como la sopa primordial de las relaciones tóxicas, o el prototipo de todas las novelas que comprueban en la distancia entre el amor y el odio, o entre el deseo de coger o querer estrangular al otro (o quizás las dos al mismo tiempo, si te pone) hay un finísimo velo de organdí; por eso me parece que William Wyler tuvo más éxito con su versión (1939), si bien entregándose de lleno al sentimentalismo escapista de la Edad de Oro hollywoodense, fue por que requiere de ciertas habilidades o malabares narrativos convencer a tu auditorio de simpatizar con dos cepas de hiedra envenenando su propia historia.
Y ya que rozamos el tópico del cachondeo, la cosa también queda debiendo bastante en lo erótico, en especial cuando la misma directora ya había empujado los límites del buen gusto (para mejor) con sus previas Promising Young Woman y Saltburn, que acá en comparación peca de mojigata; de hecho, para ser un película que pretende exudar sexualidad, jamás vemos ni el rizo de un pelo púbico, mucho menos el esbozo de una pija ni el convexo de una teta. No que tengamos que ser explícitos, supongo, pero si por un lado del canon kinky tenemos al ya mencionado Lanthimos y su Poor Things donde Emma Stone expone hasta las amígdalas, o Nicole Kidman echándole ganas en la Babygirl de Halina Reijn, no puedo evitar culpar otra vez a Margot Robbie, como productora y actriz, poniéndole restricciones casi al borde puritanas, con mera calentura fantasma, a una película que en algún punto te quisieron vender como una reimaginación victoriana a la Fifty Shades of Grey. Me cae que había más erotismo en los folletines de Yolanda Vargas Dulché.
Si debo, vamos a cerrar con lo positivo, por que ultimadamente tengo ojos y orejas, y la experiencia jamás fue miserable gracias a la cinefotografía de Linus Sandgren en gloriosos 35mm, más el impecable diseño de vestuarios y producción, el soundtrack selecto de Charli XCX, y otros tantos caramelos audiovisuales que terminan archivando la película en ese muy posiblemente desdeñado, aunque a veces se agradece, gabinete etiquetado como «estilo sobre sustancia».
Al final creo que sí tengo simpatía por Fennell, ya que similar a Villeneuve con sus Dune, o Nolan con La Odisea, jamás pienso que sea algo menor a misión imposible trasladar un clásico de la literatura universal a la pantalla y no quedar debiendo como perro de las dos tortas: dejando insatisfecho al purista que desea la más fidedigna de las adaptaciones o, en su defecto, al incrédulo anticipando un épico makeover de dimensiones drag que resignifique a nivel estético, de contexto o incluso cultural (dónde quizás todavía Romeo + Juliet de Baz Luhrmann sigue siendo el ejemplo fundacional incuestionable) para generaciones a la postre que le utilizaran de referencia de aquí hasta que alguien más se atreva a desempolvar su tomo de Brontë. —MJB







