Noche de Terrock y Brujas
Ni Alaska, ni Erika Buenfil: Vuelven las brujas en Wicked For Good
No, acá no tenemos a Timbiriche, o Erika Buenfil, ni a Olvido Gara (¿aunque apoco no se imaginan unos ochentas del multiverso dónde Buenfil y Alaska interpretan, respectivamente, a nuestras propias Glinda y Elphaba?1) pero, Wicked For Good, no muy diferente a la primera parte, representa ese cálido retorno al musical mágico y bombástico trasladado directo de las tablas a la pantalla grande, y que, si bien los puristas gritarán sobre las muchas cosas que se habrán perdido en la traducción —ya para empezar la historia de estas brujitas ha sido refrita y remezclada de múltiples fuentes y versiones antes: películas, teatro, novelas y cuentos para niños, etcétera, etcétera— en ésta interpretación es inevitable embelesarse con los vozarrones de Cynthia Erivo y Ariana Grande, quienes se quedan a un pellizco de polvito mágico y ancas de rana calva de canalizar a los mismos ángeles.
Por si hiciera falta mencionarlo, se trata de la hora de la redención para Jon M. Chu, quién fuera maltratado por las circunstancias (y Warner Bros) durante el pico de la pandemia, al arrojarle directo al matadero del streaming su aventura musical previa, la infravalorada In The Heights, con la orgullosamente nuestra, Melissa Barrera. Y aunque los reales seguimos la carrera del director desde sus días tras la franquicia Step Up, sus nuevos acólitos se sorprenderán por la acrobacia fina y todo el juego de malabares que implica poder trasladar una obra icónica, encima con un montón de fanáticos intensos alrededor del mundo acumulados durante los últimos veinte años (Wicked se estrenó en Broadway en 2003) al inyectarle colorida vida cinemática a una mitología que, así como puede sentirse medio passé o anticuada, por otros momentos es escalofriante su cualidad atemporal y presciente, todo escondido tras el velo de una simple opereta pop de bruja buena contra bruja mala.
Recién en mi reseña de Vainilla de Mayra Hermosillo (que pueden leer acá) aludía muy brevemente al concepto del pan y circo mediático, o el famoso opio de las masas, utilizado cada cierto tiempo por el gobierno en turno —o la monarquía de Oz en éste caso— para mantener a la gente distraída (o quizás mejor dicho: concentrada en un enemigo común) al ignorar los verdaderos problemas que achacan al pueblo. Si bien dudo mucho que Wicked y Chu pretendan hacer una denuncia marxista al estatus quo del mundo en que vivimos, sí es motivo de pelar las pestañas y levantar las cejas a razón de que toda la premisa de ambas películas penda de colores con aire propagandístico, casi como si fueran banderines de partido político: ¿Eres verde o rosa? ¿Prefieres la organza pastel y diamantina celeste o harapos negros y estética de pantano? O, ultimadamente, ¿eres Team Glinda o Team Elphaba?
La ironía más sutil de todas es que, en el fondo, las brujas Glinda y Elphaba son amigas de verdad, forzadas a rivalizar sólo por apariencia, como pantalla para despistar al público, cuando uno podría argumentar que la preferencia por una bruja o por la otra viene saliendo la misma fregadera. La palabra «wicked», que, entre sus múltiples acepciones al español, puede interpretarse como «maliciosa», a lo mejor sí está confirmando la insoslayable ilusión de la elección; presidente republicano rojo o presidenta demócrata azul; Claudia Sheinbaum o Xóchitl Gálvez; todos aquellos en posición de autoridad en algún punto se sienten estarse burlando descaradamente de nosotros, destapando juntos botellas de champán tras bambalinas, al forzarnos siempre a elegir nunca la mejor opción sino nomás «la menos peor». Glinda y Elphaba son igual de wicked; al llegar la resolución, sí, ese final te dejará con moco tendido y un montón de lagrimas y lo que quieran, pero no con un halo de esperanza que la situación, sobre todo los tejemanejes y las burocracias del reino, vayan a cambiar para mejor.
Pero no podemos dejarnos consumir por el cinismo, ¿verdad? Alguien allá afuera encontrará inspirador el hecho que, hasta la persona más imperfecta y/o plagada de inseguridades, puede llegar a ser un figura redonda. O, mejor dicho, son dichas imperfecciones las que, cuando un Yin encuentra su Yang, ya todas le vienen sobrando. La ahora bilogía de Wicked se establece sobre ese particular escalón de narrativas sobre «amistad platónica entre mujeres», que a lo mejor los shippers más clavados o delirantes querrán leerle algún subtexto lésbico (y vaya que si existe alguna película o películas para emulsionar energía queer toda encima de ellas son las Wicked) al final, todo se acomoda más en una categoría selecta de movies en una vieja tradición que va desde Thelma & Louise hacía Practical Magic, pasando por Jennifer’s Body hasta llegar a las medio-recientes Booksmart y The Favourite.
Otra tradición a la que podría adscribirse la cosa es al peculiar diagrama de Venn que combina la tragedia griega y la rock ópera, dónde quizás la coherencia narrativa deja de ser lo más importante (sin duda Wicked For Good es una sinuosa línea con brechas de sinsentido; con personajes que entran, salen, se mueren y desaparecen de la línea argumental nomás porque sí, sin pompa ni circunstancia) y, sobre todas las cosas, adquiere prominencia el poder de la música, como el coro helénico que denuncia en voz alta los pensamientos y las emociones de los personajes, heredando varias décadas después las riendas de un género durmiente como fue el musical fantástico, en la vena de Phantom of the Paradise, Labyrinth o The Rocky Horror Picture Show, o hasta incluso la infame The Wiz de Sidney Lumet con Michael Jackson, películas que, de atrevernos a llamarlas perfectas nos estaríamos engañando, descaradamente filtrándolas por las gafas de la nostalgia, más no podemos negar pese a sus incoherencias, y gracias a sus canciones e iconografía, se han ganado una firme posición en el culto del cinema. —MJB
Noche de terrock y brujas (1987): imdb.com/es/title/tt5519570







