La tercera es la vencida
Tanto Rian Johnson como James Cameron regresan a sellar sus trilogías, con Wake Up Dead Man y Avatar: Fire and Ash
Despiértame cuando pase el temblor
Wake Up Dead Man (Dir. Rian Johnson, 2025, 🇺🇸)
Mi instinto me dice que las Knives Out han ido en calidad decreciente con cada entrega, por que, aunque no las he revisitado con ningún tipo de constancia desde sus estrenos, el nivel, el elenco y el comentario social de la primera me parece todavía insuperable —o hasta capaz que más presciente cada día, con una familia de gringos empoderados viendo hacía abajo, denigrando y ninguneando a su casera latina inmigrante— pero, no muy distinto a las vecinas de enfrente, la franquicia casi corriendo en simultáneo de Fox, de la mano de Kenneth Branagh y sus aventuras como Hercule Poirot, a su vez basadas en novelas de Agatha Christie, éste tipo de misterios con fuerte inspiración literaria siempre son un estuche de monerías impredecible: por cada buena, debes fumarte dos o tres irregulares.
Y ojo que dije irregulares, no malas, porque Wake Up Dead Man, parecido a Glass Onion (o cualquiera de las de Poirot), no representan una horrorosa tarde en las películas —o bueno, una tarde apoltronado ante tu Netflix, aka próximo regente de Warner Bros.— y nomás palidecen en comparación con la primera. De dónde cojea más la gansa es con la vastedad del reparto, que si bien se ha vuelto una especie de gimmick en estas películas, ese de contener una pasarela infinita de estrellas rutilantes, en esta ocasión no se les da nada de carnita para masticar, por ejemplo: la meteoro en ascenso Cailee Spaeny, que nomás la retacan a una silla de ruedas, confinada sin un ápice de injerencia o personalidad; o Jeremy Renner, que se siente como una inclusión floja y forzosa, o quizás mero huevo de Pascua para los que disfrutaron la entrega previa; quién también me emocionaba poquito era Mila Kunis en un rol poco característico dentro su obra, como la tenaz sheriff del pueblo pero, igual, lamentablemente solo la tienen corriendo aquí y allá, de una escena a otra sin mucha consecuencia.
Y no sé si para bien o para mal, Daniel Craig, el estelar detective Benoit Blanc, también pareció rescindir su estatus como novia para convertirse en dama de honor de Josh O’Connor, quién secuestra con creces el corazón de la trama, y aún más importante, evita caer en la convención del «padrecito en crisis de fe», sino todo lo contrario, sirve a modo de ancla moral y espiritual, aún con su pasado turbio, al centro de la órbita de un variopinto grupo de personajes egoístas y villanescos persiguiendo siempre motivos ulteriores. En ese bizarro sentido, hasta se siente medio refrescante, en estos tiempos de apatía y cinismo rampante, que la tercera parte de una saga tan anticipada y querida como son las Knives Out, tenga firmes sus raíces en cierto tradicionalismo cristiano y la positividad en la espiritualidad.
Ahí es dónde el asunto claramente se separa de sus predecesores, tratándose menos sobre los misterios alrededor de la legalidad de un patrimonio, o las peripecias en una isla con tecnología de punta, para utilizar mejor los debates de la religión católica como eje focal: teorizando sobre los eternos conflictos entre la religión organizada, junto a aquellos que la manipulan a placer, versus el sentido original y caritativo de una serie de creencias (muy aparte de su veracidad) establecidas con fines altruistas por fomentar el amor y la armonía.
De las tres películas, me parece ésta es donde el detective Blanc (Craig) tiene menos repercusión en la resolución del crimen, y a su vez, el puñado de implicados son meras figuritas en un tablero que las tiene de adorno en lugar de funcionalidad, no necesariamente como algo malo, supongo, sino con la intención de embetunarle poquita pátina sobrenatural al asunto; tan sólo el título, que se traduce literal a «Despierta hombre muerto» en cierto modo espoilea el rumbo mágico y milagroso del embrollo, uno dónde la resurrección, las culpas y los saltos de fé se contraponen a los instintos pecaminosos que consumen al mortal promedio; ¿les suena familiar esa historia?
Cenizas quedan
Avatar: Fire and Ash (Dir. James Cameron, 2025, 🇺🇸)
«O mueres como un héroe, o vives lo suficiente para verte transformado en el villano», célebre frase de uno de nuestros más grandes filósofos contemporáneos que, si bien no aplica con exactitud a la situación aquí presente, es difícil no pensar en ella cuando se habla de James Cameron, un cineasta que independiente a nuestro grado de fanatismo o apreciación sobre su obra entera, su cualidad como revolucionario es innegable, cambiando la faz del entretenimiento fílmico (sobre todo al empujar los límites tecnológicos) de alguna manera u otra durante los últimos cuarenta años; películas como Aliens, Terminator 2: Judgement Day, Titanic, e incluso la primera Avatar, viven ya en nuestro imaginario colectivo casi como recordatorio obligado durante cuatro décadas sobre la extensión y el máximo potencial del cine mainstream.
Y todavía en The Way of Water, esa gran promesa de gestación prolongada, de continuar las historias en este curioso mundo espacial estelarizado por felinos intergalácticos azules antropomorfos y ambiguamente eróticos (¿Oona Chaplin como Varang, alguien? ¿Fui yo el único que le despertó bajas pasiones?), resplandecía con ciertos destellos de genialidad e intriga por las aventuras porvenir, pero ahora, tras presenciar el chorizo convóluto y repetitivo de Fire and Ash, es inevitable pensar que el potencial de dicha promesa es más bien una amenaza.
Desde que vi este tapón para la trilogía he vivido en constante conflicto con mi propia cabeza, las dos mitades de mi cerebro argumentándose fuerte entre sí: la fracción lógica justificando que se trata de un espectáculo audiovisual impresionante, de esos que no tenemos oportunidad de ver seguido (lo único que se me ocurre a escala mínimamente parecida son las Dune de Villeneuve y la saga Planet of the Apes), pero por otro lado, la mitad que se jacta de poseer cierta apreciación a la estructura narrativa y de facultades críticas no puede evitar pensar que el señor Cameron nos estafó con el mismo cuento dos veces, tomándose seis horas y media para repetir la misma chingadera y, quizás más insultante a nuestra inteligencia, concluir que al final no dijo nada sustancioso, o incluso que no estuviera ya claro desde la primera parte: humanos y su violencia = malos; gatos tribales y sus costumbres = buenos.
La sugerencia inclusive, desde el título y los avances, de presentar a toda una cultura o un ecosistema nuevo, de ceniza y fuego, dentro de una serie de películas que desde el inicio fueron bastante minuciosas con el tratamiento de sus biosferas verdes y aguamarina, acuáticas y aéreas, proponiendo con ello un potencial rumbo fresco para la saga, tristemente también se quedó abandonada en el restirador de diseño como una de las insatisfechas promesas más ofensivas, optando mejor por repetir los cansados bits de los cazadores y las ballenas; el coronel Quaritch y la persecución por su chamaco Spider; el carácter nómada de la familia Sully batallando en hacerse una «casa fuera de casa» y no se cuantos otros puntos idénticos ya planteados en la anterior.
En lo macro, es difícil discutir con la gente que desde el principio ya acusaba el concepto de las películas Avatar como faltas de originalidad, pero siempre sentí confort en mis entrañas que, tras el velo de su premisa básica (y que yo más bien llamo clásica), esa del «colonizador novomundista simpatizando con el colonizado salvaje», James Cameron al final sí poseía un plan maestro que paulatinamente veríamos develarse ante nuestros ojos, dándonos primero oportunidad de sumergirnos y empaparnos a cuentagotas con las trivialidades y los sistemas del planeta Pandora para luego revelarnos la verdadera tesis de su historia.
Y, pues, si bien eso puede ser cierto todavía (¿Qué nos falta? ¿Las partes cuatro y cinco? ¿No eran siete en algún punto?), es triste confesar que quizás el director jugó con nuestro sensible corazón, estirándolo como resorte demasiado cerca del fuego y, a quienes nos manteníamos optimistas, ya nos incineró a cenizas toda la paciencia. —MJB










