Dos en la Ola
De oleajes y marcianos: Nouvelle Vague de Richard Linklater y Bugonia de Yorgos Lanthimos
¡Olá, Olá, Olá, Olá, Nue-va Ola!
Nouvelle Vague (Dir. Richard Linklater, 2025, 🇺🇸/🇫🇷)
En el mundo de la comedia se utiliza mucho el concepto de «comprometerse con el bit», refiriéndose a la idea que, una vez que ya arrancaste con el chiste, sea bueno o malo, absurdo u ofensivo, más te vale empujarlo a sus últimas consecuencias pues la meta principal siempre es conseguir la risa. Carcajadas, de ser posible.
Pues bueno, si bien Nouvelle Vague no es necesariamente una comedia —aunque tiene filigranas en la farsa de enredos—, el impresionante por su polifacetismo, Richard Linklater, en su segunda película del 2025 (la otra siendo Blue Moon) se compromete con admirable intensidad al bit de que su película parezca pinchada directo de 1960, con fidelidad escalofriante, y a la vez sirviendo como reverente homenaje, al influyente movimiento cinematográfico de la Nueva Ola Francesa, encabezado por los quién-es-quién de la época que seguramente ya han visto o escuchado referenciados en más de un libro o clase de cine.
Linklater se concentra específicamente en Jean-Luc Godard (Guillaume Marbeck) y la obsesión por dirigir su ópera prima cuando empieza a recelar el éxito de sus contemporáneos; que, como bien sabemos gracias a la historia del cine, dicha empresa de locos se convirtió en Breathless (À bout de souffle, su título original), una tanto caótica como emblemática, si no es que la representante por excelencia, de aquel irreverente movimiento cinemático que vino a cuestionar las formas y la estructura.
En su parte más emocionante, Nouvelle Vague pertenece a ese subgénero que me encanta del «cine dentro del cine», dónde se pueden resaltar desde otros clásicos artsy, como la también francesa La Noche Americana (La Nuit américaine) del gran colega de Godard, François Truffaut, hasta el festín de schlock y espantos, Terror, de Norman J. Warren.
El director tejano quizás no se concentra demasiado en las minucias del rodaje, sino más bien en la reunión del improbable escuadrón, tanto detrás de cámara, y que al frente incluyó a la cotizada Jean Seberg (acá encarnada por Zoey Deutch) y el entonces casi-desconocido Jean-Paul Belmondo (Aubry Dullin). Todo el proceso de filmación corre con el espíritu de una indie desastrosa, que, los entusiastas del cine podemos relacionar no solo con las dificultades de levantar una película en la década de los sesenta —o 70s, pues algunos incluso pensarán en la foto fija que hace Dolemite Is My Name del boom del cine exploitation—, sino también hasta la actualidad: saltarse normas y regulaciones, improvisación, desplantes repentinos del visionario torturado a la cabeza, momentos de magia inesperada y un montón de atropellos creativos y técnicos; incluso, algún personaje arroja por ahí la cita atribuida a Sartre: «El genio no es un don, sino la forma en que una persona resuelve durante circunstancias desesperadas».
Ahí es dónde creo que Nouvelle Vague, similar al movimiento y las películas que está canalizando, comunica con éxito una sensación de nostalgia, así como inspiración basada en el ímpetu de Godard por salir a rodar a las calles nomás con «una chica y un arma», romantizando no solo los métodos del cine de antaño, sino reflejando el siempreverde mundo de posibilidades disponibles a las manos de cineastas modernos y aspirantes. Entre más parecen cambiar las cosas, parece que menos cambian.
Me he convertido en marciano
Bugonia (Dir. Yorgos Lanthimos, 2025, 🇮🇪/🇰🇷/🇺🇸)
Creo que subconscientemente, mientras veía Save the Green Planet! (por primera vez, apenas hace unos meses) una parte de mi cerebro debía estarme gritando que cometía un gravísimo error ya que, aunque me emocionaba la posibilidad de comparar la película de Jang Joon-hwan con la de Yorgos Lanthimos, sobre todo sus diferencias y similitudes —ni siquiera sólo estéticas o narrativas, sino más que nada ideológicas— en alguna parte de mi cabeza debí intuir que me estaba estropeando o auto-saboteando la oportunidad de sorprenderme e, inevitablemente, caería en el campo de estar presenciando una obra en su mayoría derivativa gracias a sus muy poquitas alteraciones —y me supongo, para muchos, ese es el propósito de un remake, ¿no?— cimentando, retroactivamente, la versión original del 2003 como una pieza de incómoda y poderosa previsión al caos de nuestras congojas modernas; y la versión de Lanthimos, en su defecto, ya nomás se siente como millonésima amplificación vía megáfono de un discurso social que hemos estado escuchando durante los pasados veinte años.
Tan solo este 2025, la propaganda de Bugonia parece estar flotando entre la sátira negligente de Eddington (quizás apropiado, producida en parte por Emma Stone y Ari Aster) y la genialidad operática de One Battle After Another, todas una especie de tratado sobre las revoluciones en la era digital, y que, en muchas maneras, parecen estar mofándose cínicamente del revolucionario, más que de los opresores o la necesidad de una revolución. ¿Estamos ya tan derrotados en mente y espíritu que incluso la posibilidad de una rebelión es puro espejismo cinemático, o mera carne de cañón para cineastas?
Jesse Plemons —que hasta ahora caí en cuenta, es muy posible que sea el heredero del estandarte que trágicamente dejase ondeando Philip Seymour Hoffman hace más de una década— muy parecido a Joaquin Phoenix (en Eddington) o Leonardo DiCaprio (en One Battle), son epítome del patetismo revolucionario que, encima junto a su primo autista Don (Aidan Delbis) tampoco se ayudan mucho en la causa; operando casi como un par de conspiranoides de foros de internet, bebedores de Mountain Dew, «víctimas» de brain rot digital, burbujas ideológicas o las cámaras de eco online que radicalizan a aquellos que, para empezar, no tenían mucho disco duro intelectual que digamos; planean el secuestro de la CEO del mega-corporativo farmacéutico Auxolith, Michelle Fuller (Emma Stone), bajo la creencia que es una alienígena de la galaxia Andrómeda impuesta en la tierra para extinguir a las abejas y tomar control de la humanidad. Si, leyeron bien.
Casi toda Bugonia entonces progresa más como una pieza de cámara, con tres actores mayoritariamente y en una sola locación (en ese sentido, no muy diferente a la película surcoreana original) que, en lo macro, pide prestados conceptos familiares a la ciencia ficción, pero quizás en sus dinámicas opera más bajo las convenciones de la película de terror, sobre «mujer secuestrada en el sótano de dos paletos perturbados», visiblemente dispuestos a la violencia y la tortura, quizás algo más, y el potencial de fuga recaerá entre el ingenio de nuestra prisionera y/o la torpeza de sus captores.
Habiendo dicho lo anterior, tampoco se crean que la película encaja a la perfección como Lego en la categoría de terror, ni en el sci-fi, ni en ninguno en particular si a esas vamos (daban más miedo Dogtooth y The Killing of a Sacred Deer), ni tampoco en el tradicional sello de la casa absurdista al que nos tiene acostumbrados el realizador ateniense.
La cosa progresa sorpresivamente straight-forward o quizás poquito más parecido a The Lobster y la corrida del director previo al alunizaje en Hollywood, dónde se nota que quizás pretende apelar más al ensayo intelectual; al estira y afloja y/o el yo-yo de alianzas, entre creerle o no creerle a los lunáticos-teóricos de la conspiración o a nuestra potencial marciana; ¿en realidad poseen una entidad alienígena encubierta en cautiverio, a pesar de no exhibir ninguna evidencia, o, la demencia y la desolación de los primos los ha empujado al peor caso posible de sesgo de confirmación?; incluso, quizás la tesis más valiosa de Bugonia es sugerir: ¿acaso la verdad haría diferencia? Que la humanidad, como la conocemos, vaya en picada puede ser sintomático de muchas causas, sean identificables de raíz o no, la tragedia universal podría ser que ya a estas alturas ninguna es reparable. —MJB










